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¿Para qué hacer algo igual si se puede hacer diferente? Y es que los crackers admiten lo que les eches y, por ahora, siempre me han salido bien.

Ayer, sin ir más lejos, quería llevar crackers a casa de unos amigos y me dispuse a hacerlos receta en mano. Al buscar la harina integral de espelta, me encontré con la sorpresa que sólo quedaba blanca y tampoco tenía integral de trigo (y es que estoy vaciando el fondo de despensa para dar cabida a mis nuevos pedidos en El Amasadero y en El Rincón del Segura, mis dos proveedores habituales).

Dí paso a la improvisación para no quedarme sin crackers. Después de encender el horno a 180º (20º menos que cuando las hice por primera vez porque quería conseguir que estuvieran algo menos doradas), empecé a pesar ingredientes partiendo de las cantidades de la primera receta:

  • 300g de espelta blanca (400g al final)
  • 50g de centeno integral
  • 10g de sal (13g al final)
  • 80g de pipas de girasol
  • 80g de pipas de calabaza
  • 100g de lino dorado
  • 100g de lino marrón
  • 375g de agua
  • 150g de AOVE (disminuí en 50g esta cantidad para probar respecto a la primera receta y quedaron sensacionales)

Una vez hecha la mezcla era claro que pedía más harina y fuí añadiendo poco a poco hasta sumar 100g más de harina de espelta. Contando con esto, añadí 3g más de sal y moví muy bien para que se repartieran bien por toda la masa. A estas alturas, la textura era muy similar a la que conseguí con la harina integral de la primera receta.

El horno ya había llegado a los 180º, así que dividí la masa en porciones de unos 200g y me dispuse a seguir el procedimiento habitual de presionado, estirado, precortado y horneado.

Fotos no tengo pero en mi memoria están las caritas de 2 niñas y 1 niño saboreándolas y pidiendo más. Y es que estaban como aquel anuncio que no recuerdo de que producto era pero que decía algo así como: “no podrás comer solo una” ¿Alguien se acuerda que anunciaba?